06 enero 2010

La crisis del 2009: 10 tendencias que marcarán pauta futura



Dos años y medio después de que empezase la crisis que asola al conjunto del planeta, hay síntomas de que las cañerías de la economía empiezan a bombear un poco de agua. Pero ese crecimiento, además de ser anémico, impide ver con precisión las secuelas de lo que deja en el mundo el
tsunami financiero: pérdida de bienestar, desempleo, empobrecimiento de las clases medias y un gigantesco aumento de la deuda. Las secuelas de la crisis durarán al menos una década. Tras la Gran Recesión llega la década perdida.


Les presentamos 10 tendencias que marcarán el futuro.

1 La crisis económica será el acontecimiento central de nuestra época.
En la historia tendrá parecida significación que la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado o, más cerca, que la revolución conservadora en los ochenta, la caída del Muro de Berlín en los noventa, o los atentados terroristas del 11-S, al principio del nuevo milenio. Por las huellas que dejará, por el temor y la inseguridad que ha proyectado en los ciudadanos, por su potencial dañino, por su duración y profundidad, y por su carácter multidisciplinar: ya no es una crisis económica sino que afecta a casi todo lo público, entre ello, a la política o la cultura.

2 En el periodo que ha transcurrido desde que comenzaron las dificultades (todo se inició como un asunto inmobiliario que parecía afectar sólo a unos cuantos bancos norteamericanos) se puede considerar que ha habido tres etapas muy diferentes.
La primera, que dura aproximadamente un año (de agosto de 2007 a agosto de 2008), sirve para tomar lenta conciencia de la que se viene encima y permite soñar a los países pobres que esta vez ellos no van a ser los paganos de los errores; pronto se demostraría que era una ensoñación y que en una sociedad globalizada nadie puede quedarse al margen.
La segunda etapa dura desde septiembre de 2008 a abril o mayo de 2009; arranca con la quiebra de un importante banco de inversión, Lehman Brothers, que lleva al pánico a los ahorradores y a los inversores. Hubo algunos días de septiembre de 2008 en los que parecía "que el capitalismo podía desaparecer", en palabras de algún analista. La tormenta perfecta alcanzó su punto máximo a finales de 2008 y principios de 2009. Fue el trimestre del diablo, cuando la economía primero se detiene y luego retrocede con estrépito, sin que nadie supiese entonces dónde estaba el fondo.
La tercera fase empieza en abril de 2009 y dura hasta ahora. El escenario catastrófico de una implosión financiera prácticamente se desecha. Estamos mal (en una Gran Recesión), pero ya no bajo el peso de un mundo que se termina. Emerge la teoría de los brotes verdes: lo peor ha pasado aunque continuamos mal. La situación, cuando arranca la segunda década del siglo XXI, es la siguiente: se vislumbra el tránsito desde la recesión a una economía del crecimiento, con una peculiaridad: no se crean puestos de trabajo. ¿El crecimiento sin empleo puede denominarse recuperación? Además de dar trabajo a los que se han quedado sin él y a los que antes de la crisis no lo tenían, hay que contemplar que cada año se incorporan al mercado laboral mundial unos 45 millones de personas, la mayoría jóvenes.

3¿Por qué casi nadie previó lo que iba a pasar?
Treinta meses de crisis dan distancia suficiente para intentar contestar a esa pregunta. La economía, que seguramente es la ciencia social matemáticamente más avanzada, es una ciencia social humanamente atrasada. Se abstrae muchas veces de las condiciones sociales, históricas, psicológicas de los ciudadanos, que son inseparables de las actividades mercantiles. A finales de 1989, el semanario Time publicó en su portada un reportaje en el que pedía la dimisión de los politólogos de todo el mundo por haber sido incapaces de pronosticar la caída del Muro de Berlín. Veinte años después, ¿no habría que exigir lo mismo de los economistas? Un ciudadano ilustrado escribía en una carta al director de una publicación que del mismo modo que la guerra es un asunto demasiado importante para que la dirijan los militares, la economía es demasiado importante para dejársela a los economistas.

4 ¿Qué es lo que han pretendido los representantes de los ciudadanos implantando una serie de medidas -el sentido común de nuestra época- de política económica?
Básicamente, dos cosas: primero, que la Gran Recesión no se convirtiese en una Gran Depresión; la diferencia de ambos conceptos está en el grado: una depresión es una recesión más profunda y duradera. Segundo, que la crisis económica no deviniese en una crisis social primero, y más adelante en una crisis política, como ocurrió entre los años 1919 y 1939, de tan infausta memoria. En aquel tiempo, el pesimismo ambiental y el estancamiento económico fueron el primer paso para el desencanto social, las dudas sobre la eficacia de la democracia y los conflictos políticos: dos guerras mundiales.

5 Para arreglar estos problemas ha habido un conflicto entre legitimidad y eficacia.
Un dilema. La legitimidad señalaba que el lugar donde los gobernantes de todo el mundo se debían reunir para dar soluciones a la crisis era la Organización de Naciones Unidas (ONU). Pero la ONU no estaba en forma, padecía una inmensa burocracia, y se inventaron las formaciones G; primero, el G-8; luego, el G-20. Las formaciones G son instituciones inorgánicas, representativas por la fuerza de los hechos, en las que unos países cooptan a otros y dejan fuera a los demás, pero que son más ágiles en la resolución de conflictos económicos. El G-20 se ha reunido tres veces en medio de la crisis, con un espectacular seguimiento mediático. La ONU celebró un pleno el pasado mes de julio sobre la crisis económica, prácticamente clandestino; en su convocatoria se pretendía una reunión "al más alto nivel", pero apenas asistió una veintena de jefes de Estado o de Gobierno de países periféricos (ni los de EE UU, Alemania, Japón...). Y, sin embargo, de ese pleno de la ONU salió uno de los documentos más imaginativos sobre los efectos de la crisis, el informe Stiglitz (por el nombre del Premio Nobel de Economía que lo presentó), en el que se vinculaba la profundidad de las dificultades económicas con la calidad de la democracia. Stiglitz decía que la crisis económica ha hecho más daño a los valores fundamentales de la democracia "que cualquier régimen totalitario en tiempos recientes".

6 Al pasar del G-8 al G-20 hay un nuevo club de países que han tomado carta de naturaleza: los países BRIC (acrónimo de Brasil, Rusia, India y China), los más importantes Estados emergentes.
Estos son sus poderes: representan a casi la mitad de la población mundial, un cuarto del Producto Interior Bruto mundial, el 40% de toda la superficie y el 65% de todo el crecimiento económico en los últimos años. Su presencia en las formaciones G supone un desplazamiento del poder hacia otras realidades alternativas y un reequilibrio del dominio de EE UU. Existe una coincidencia general en que la salida a los problemas económicos no puede hacerse sin Estados Unidos, pero que EE UU solo no la conseguirá.

7 Cuando el demócrata Obama llega a la Casa Blanca reelige como presidente de la Reserva Federal (institución que decide los tipos de interés, es decir, quien pone precio al dinero) al republicano Ben Bernanke.
El conservador Nicolas Sarkozy salpica su Gobierno de ministros socialistas o ex socialistas. La democristiana Angela Merkel gobierna en coalición, antes con los socialdemócratas y ahora con los liberales; ni se le ocurre un Gabinete en minoría, en tiempos de turbación. Las políticas económicas son transversales, fruto de pactos. Se intenta una especie de New Deal (en reconocimiento de la política del presidente Roosevelt, que sacó a EEUU de la Gran Depresión), con consensos a todos los niveles: globales, regionales y nacionales.

8 Existe el riesgo de que las urgencias y las necesidades dejen en segundo plano otra estrategia central de nuestra época: la lucha contra el cambio climático.
El futuro del clima como límite al modelo de crecimiento. La reunión del G-20 de Londres llamó "a construir una recuperación inclusiva, ecológica y sostenible". Se ha establecido una relación directa entre el desarrollo y el cambio climático, en sentido inverso. Mientras que la disminución de la pobreza en el mundo sigue siendo la gran prioridad (al menos teórica), dado que una cuarta parte de la humanidad continúa viviendo con menos de 1,25 dólares al día, que 1.000 millones de personas carecen de agua potable, o que 3.000 millones de ciudadanos no tienen servicios de saneamiento adecuados, el cambio climático no tiene fronteras: amenaza al mundo entero.

9 Desde hace 30 meses, el mundo ha vivido una burbuja inmobiliaria, una burbuja financiera y una recesión (además de una burbuja del conocimiento, como vimos en el punto 3).
Para solucionarlas, las autoridades volvieron al keynesianismo: cuando las velas de la economía se deshinchan hay que insuflarlas aire con el dinero público. Lo que John Maynard Keynes, el gran triunfador intelectual de la crisis, llamaba "cebar la bomba". Ello ha provocado la nueva burbuja de la deuda. Los Estados se han endeudado y alguien tiene que pagar esos préstamos. Esta nueva burbuja afectará a más de una generación. Sabíamos que cuando las empresas no pagan sus obligaciones, quiebran. ¿Pueden quebrar las naciones en el marco de la globalización, cuando todas las economías son tan interdependientes? El estallido de un país, ¿generará un efecto dominó?

10 En definitiva, hay dos escuelas sobre la crisis.
La primera cree que ésta ha sido un "cisne negro" (en la terminología de Nassim Taleb): un acontecimiento inesperado que ha ocasionado enormes impactos; una tormenta imprevista, que se ha abatido sobre un mundo que pensaba y actuaba dando por supuesto que tales acontecimientos extremos eran cosas del pasado. La segunda escuela es la de Casandra; Casandra era una sacerdotisa del dios Apolo, a la que éste, que la amaba, concedió el don de la profecía. Casandra, que era muy casquivana, engañó a Apolo, y éste convirtió el don en una pesadilla: atinaría con lo que iba a ocurrir pero nadie la creería. Algunos científicos sociales pronosticaron lo que iba a suceder con la crisis económica, pero casi nadie les hizo caso.
Como dijo Schumpeter, otro gran economista, la historia es un compendio de "efectos", la gran mayoría de los cuales nadie tenía intención de producir.

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